Mons. Zornoza celebró la festividad de la Virgen de Lourdes en la Jornada Mundial del Enfermo

La Iglesia celebró ayer 11 de febrero la festividad de la Virgen de Lourdes y unida a esta celebración, la Jornada Mundial del Enfermo. Fue el Papa Juan Pablo II quien decidió que cada 11 de febrero se celebrara esta Jornada del Enfermo, teniendo bajo su amparo a la Patrona de los enfermos, la Virgen de Lourdes, a quién se le ha acreditado una amplia variedad de milagros en la cura de muchas enfermedades. 

El Obispo diocesano, celebró en la mañana la eucaristía en la Iglesia Prioral de San Sebastián por la festividad de esta advocación mariana al ser la Patrona de Puerto Real. La Agrupación Parroquial Nuestra Señora de Lourdes transmitió el culto en su perfil de Facebook y también la televisión local Tele Puerto Real, para todas las personas que no pudieron asistir y así, seguirlo desde sus casas.

«Dejar que sea la gracia de la Virgen María la que tome las riendas de nuestra vida. La Virgen Inmaculada nos invita a ser inmaculados también, y de qué manera tan expresiva, convincente y dulce. La Madre nos dice; fíate de mí, fíate de Cristo, mira tu alma y tu corazón y conviértete. Madre atiende a los enfermos, nos dirigimos a ti. Ayúdanos y consuélanos para que volvamos a la normalidad que tanto deseamos, una normalidad de gracia, de los hijos agradecidos que saben ponerse en las manos de Dios y de la Virgen», decía Mons. Zornoza en su homilía.

La Iglesia de San Antonio de Padua de Cádiz, acogió también ambas celebraciones con una eucaristía organizada por la Hospitalidad de Lourdes. La ceremonia fue presidida por Don Rafael Zornoza y concelebrada por el párroco de San Antonio y Vicario General, Óscar González Esparragosa. 

«Recordemos también que en la enfermedad todos necesitamos calor humano: para consolar a una persona enferma, más que las palabras, hace falta la cercanía serena y sincera. Pero recordemos también que las personas enfermas son un camino privilegiado para encontrar a Cristo, acogerlo y servirlo. Cada uno de nosotros debería llevar la luz de la Palabra de Dios y la fuerza de la gracia a quienes sufren y a sus familiares, médicos y enfermeros, para que el enfermo esté atendido con más humanidad, con entrega generosa, con amor evangélico y con ternura. La Iglesia madre, mediante nuestras manos, acaricia nuestros sufrimientos y cura nuestras heridas, y lo hace con ternura de madre, partiendo del amor profundo a toda persona. Cada uno sabrá cómo encontrar el modo de realizar este servicio con la sabiduría del corazón para aliviar el sufrimiento, pidiendo siempre a Dios: Danos, Señor, un corazón misericordioso como el tuyo«. (Mensaje del Obispo por la Jornada Mundial del Enfermo).

 

                 

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