La Santa y Apostólica Iglesia Catedral de Cádiz acogió ayer la ordenación sacerdotal de los ya sacerdotes, el p. Israel Guerrero y el p. Carlos Millán, que recibieron el sacramento del Orden de manos del Administrador Apostólico de la Diócesis de Cádiz y Ceuta, Mons. Ramón Valdivia. La celebración congregó a numerosos familiares, amigos y fieles, que llenaron el templo para acompañar a los nuevos sacerdotes en este momento tan significativo. También estuvieron presentes numerosos sacerdotes diocesanos y miembros del Cabildo Catedral.

Para Mons. Valdivia, la celebración tuvo un significado especial, al tratarse de su primera ordenación en su ministerio episcopal para el clero secular, «sus primeros dos sacerdotes diocesanos».

Una llamada de Dios para toda la vida

Durante la homilía, Mons. Valdivia invitó a los ordenandos a contemplar su vocación a la luz de la llamada del profeta Jeremías: «Antes de formarte en el vientre de tu madre, te consagré». Recordó así que la vocación nace de la iniciativa de Dios y que, ante las dudas o limitaciones personales, el sacerdote puede confiar en la promesa del Señor: «Yo estoy contigo para librarte». El ministerio, señaló, no está exento de dificultades, pero se sostiene en la presencia de Dios.

El prelado destacó que el sacerdocio implica una entrega que alcanza todas las dimensiones de la vida. Los nuevos presbíteros están llamados a anunciar la Palabra, celebrar la Eucaristía y la reconciliación, acompañar al pueblo de Dios y santificarlo mediante la oración, en comunión con el obispo y el presbiterio. Asimismo, subrayó que el sacerdote debe permanecer cerca de las alegrías y los sufrimientos de las personas, llevando la paz y la esperanza de Cristo. En este servicio, recordó, la eficacia de la misión no depende únicamente de las capacidades personales, pues es Dios quien salva.

Mons. Valdivia hizo también hincapié en la fraternidad sacerdotal, expresada en la imposición de manos durante el rito de ordenación. Esta comunión, explicó, recuerda que ningún sacerdote vive su ministerio de manera aislada, sino unido al obispo y a sus hermanos sacerdotes, en una relación de servicio y ayuda mutua.

Al servicio del pueblo de Dios

La solemne celebración continuó con los distintos momentos del rito de ordenación, entre ellos la imposición de manos, la plegaria de ordenación y la unción con el sagrado Crisma en las palmas de las manos, hasta llegar a la primera concelebración eucarística de los nuevos sacerdotes junto al obispo y los sacerdotes presentes.

Finalmente, el prelado los animó a poner sus vidas en manos de la Virgen María y a mantener a Cristo como el bien esencial de su existencia, comenzando esta nueva etapa con disponibilidad, confianza en el Señor y entrega al servicio del pueblo de Dios.

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